top of page
Buscar

Un Reino sin igual

  • Foto del escritor: bienaventuradassomos
    bienaventuradassomos
  • 22 ene 2023
  • 6 Min. de lectura


“Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí” Juan 18:36.


Aunque Jesús se hizo semejante a los hombres y habitó entre nosotros; aun así, su reino no era de este mundo. Descendió del cielo y se encarnó, para cumplir con el plan de redención. Si los ángeles o sus seguidores hubieran peleado por Él y librado de la crucifixión, indudablemente el plan del Padre no se hubiese cumplido; es por eso que tuvo que atravesar por momentos muy difíciles en su paso por la tierra.


Lo acusaban de intentar establecer un reino terrenal y de una sedición contra César, pero cuando el Señor le responde a Pilato que “... su reino no era de este mundo”, dejaba en claro, que nada tenía que ver con el reino al cual pertenecía el gobernador de Judea, puesto que no tiene la naturaleza de los reinos terrenales, no se originó con el mismo propósito ni se realizó en el mismo plan. Inmediatamente agrega una circunstancia en la que difieren; los reinos del mundo son defendidos por las armas; mantienen ejércitos y participan en guerras.


Si el reino de Jesús hubiera sido de este tipo, no se habría encontrado solo y desarmado en el jardín de Getsemaní, por el contrario, habría arengado a las multitudes que lo seguían para prepararse para la batalla. Pero el dominio del reino de nuestro Señor estaba sobre el corazón, transformando pasiones malvadas y deseos corruptos, y llevando el alma cautiva a la libertad de la esclavitud del pecado.


Un reino invisible


Pilato pudo presentir algo, pero nunca llegó a comprender quién era realmente Jesús. Ante su pregunta: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Jesús le contesta con una afirmación negativa de lo que no era su reino. ¡Mi reino no es de este mundo! En otras palabras: “Tengo un reino, soy Rey, pero no conforme a lo que tú conoces”.

Cristo fue visto como un criminal, blasfemo y rebelde; la Palabra tenía que cumplirse, era un Rey invisible al mundo. Su apariencia no llenaba los estándares mundanos y para acceder a Él tenía que ser por revelación. Es por tal motivo que muchos no lo pueden ver y tampoco percibir, porque se ha de discernir con sentidos espirituales.


Pilato no vio lo que tenía frente a sus ojos, se preguntaba ¿cómo es posible que, si Jesús era rey, se encontraba a punto de ser sentenciado?, no sabía que aquel a quien estaba enjuiciando un día lo vería como Juez. Dios invisible, se hizo hombre visible, para pagar la condena del hombre y ser rescatado de la muerte. La forma que vino era extraordinaria y como se hizo siervo, no fue percibido como Rey.


En ese momento Jesús estaba peleando una batalla espiritual que iba a ganar a nivel terrenal. Nuestro Señor vino de otro reino, para manifestarlo a este mundo y así salvar al hombre del reino de las tinieblas. Ciertamente en Su reino se pelea de otra forma y aunque no veamos algo con nuestros ojos, no significa que no exista.


De la misma forma, la invisibilidad del reino lo hace un misterio. Un misterio es aquello que es real, pero está bajo un manto. Encubierto y tapado a los ojos naturales o al entendimiento de las personas y para acceder, se requiere de revelación o el rompimiento de los códigos necesarios. Jesús dijo lo siguiente:

“Y les dijo: A vosotros os es dado saber el misterio del reino de Dios; mas a los que están fuera, por parábolas todas las cosas” (Marcos 4:11).


Su reino es espiritual por naturaleza y se requiere estar encendido en el espíritu para que ocurra una conexión de Espíritu a espíritu. Jesús dijo que a nosotros se nos dio el privilegio de conocer los misterios del reino. Lo que es invisible para otros, a nosotros que hemos creído y nacido de nuevo en el Espíritu se nos concedió conocerlo.


¡Qué maravilloso! Por los méritos de Cristo podemos tener libre acceso al reino celestial. El reino fue escondido, no de nosotros sino para nosotros, Jesús le dijo a Nicodemo: “Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). Y después le dijo: “Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5). ¡No existe algo más poderoso! El nacer de nuevo es un asunto espiritual invisible pero real. El Espíritu de Dios nos da la capacidad de ver y luego entrar en el reino de Cristo, ya no más esclavos del pecado, sino hechos hijos de Dios.


Un reino invencible


Jesús le dejó en claro a Pilato, “Si mi reino fuera de este mundo mis servidores pelearían”, en otras palabras, tengo servidores y estos servidores pelean por mí pero no conforme a la manera terrenal. Nuestro Dios es el Señor de los ejércitos. Y la autoridad que tenía Pilato, se la había dado el mismo Dios. Jesús no estaba allí por obligación, sino porque puso su vida voluntariamente en rescate de todos nosotros.


Jesús le dejó claro la superioridad de su reino, invencible y eterno. Muchos creen que porque tienen autoridad humana están por encima del reino de Dios. No entienden que toda autoridad es dada por Dios. El reino de Dios jamás podrá ser destruido y es así, que debemos sellar esta preciosa verdad en nuestra mente y corazón.


Hay cosas que parecieran que dictaran derrota en nuestras vidas, pero es la forma como se gana en el reino. El Señor dejó en claro, que aquel que pertenece a su reino, ama a su enemigo, pone la otra mejilla, camina la milla extra, mengua para crecer, sirve para convertirse en el mayor, muere para vivir, en su debilidad, se hace fuerte, etc. Para el mundo esto es perder y sentirse derrotado. Mas para los que somos del reino de Dios, entendemos que cuando “perdemos” en este mundo, entonces ganamos. “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo” (Filipenses 3:8).


Cuando muchos vieron un fracaso y una derrota aplastante en un Cristo abofeteado, escarnecido, maltratado, ensangrentado, ultrajado y aborrecido, el Padre vio un Nombre que es sobre todo nombre, toda potestad entregada al Hijo y a una Iglesia triunfante llena de la gloria de Dios. La forma como se hace la guerra en el reino es diferente, siendo Cristo nuestro mayor ejemplo.


Un reino manifestable


Ese reino invisible, pero real, superior en majestad, poder y gloria, ha sido manifestado al mundo. Comenzando por Cristo, la manifestación visible de un reino invisible, de la misma forma hoy continúa manifestándose para acercarse a nosotros. “Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:17).


El reino de Dios no está limitado como los reinos de este mundo. No es gobernado por lo que gobierna los reinos terrenales. ¡ES UN REINO SOBRENATURAL! Al ser manifestado contamos con recursos que no están en este mundo: fuerzas, sabiduría, paz, consuelo, gozo que provienen de lo alto, siendo Cristo en nosotros la esperanza de gloria.


Nosotros debemos caminar de la manera que dejemos ver a qué reino pertenecemos, teniendo estrecha relación con una dimensión en la que el mundo no puede compararse. Cuando manifestamos el reino de Dios, o sea, Cristo, entendemos que estamos por encima de los estándares mundanos.

Dios nos ha dado el gran privilegio de manifestar su reino desde el mundo invisible a nuestro mundo visible. Podemos contemplar la salvación, transformación y voluntad de Dios para nosotros. “Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mateo 6:9-10).


Nuestras vidas deben ser un reflejo de su reino, anhelando que se haga siempre su voluntad, que venga pronto su reino, aunque no entendamos, aunque a veces parezca injusto. El anhelo ferviente por ver cada una de sus promesas cumplirse y que su reino se establezca para siempre nos dará la perseverancia para soportar las aflicciones presentes, así como lo hizo nuestro precioso Salvador. ¡No quitemos la mirada de Él!




 
 
 

Comments


bottom of page