¿No ardía nuestro corazón?
- bienaventuradassomos
- 18 jul 2022
- 6 Min. de lectura

"Y he aquí, dos de ellos iban el mismo día a una aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios de Jerusalén" (Lucas 24: 13). Lo que para ellos debería ser un día de gozo y de regocijo se había convertido en un camino de tristeza, de dolor, de desesperanza. "E iban hablando entre sí de todas aquellas cosas que habían acontecido. Sucedió que mientras hablaban y discutían entre sí, Jesús mismo se acercó, y caminaba con ellos. Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen. Y les dijo: ¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis, y por qué estáis tristes? (Lucas 24: 14-17). No se nos dice específicamente qué hablaban ni qué discutían. Pudieron haberse recriminado su temor, su cobardía. A lo mejor cada uno expresaba su frustración al no comprender los planes de Dios, puede que hayan echado culpas.
Habrán venido a sus mentes los momentos compartidos con Jesús. Habían visto las multitudes escuchándole con reverencia y admiración. Habían percibido con sus propios ojos hechos imposibles. Fueron testigos de la resurrección de varios muertos, la sanidad de muchísimos enfermos incurables. Estos discípulos habían perdido todo por seguirlo. ¿Y qué pasó con las promesas de Jesús? Aquél que dijo ser el enviado de Dios, Hijo del Dios Altísimo, terminó colgado en una cruz como el peor delincuente.
"Respondiendo uno de ellos, que se llamaba Cleofas, le dijo: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no has sabido las cosas que en ella han acontecido en estos días? Entonces él les dijo: ¿Qué cosas? Y ellos le dijeron: De Jesús nazareno, que fue varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo; y cómo le entregaron los principales sacerdotes y nuestros gobernantes a sentencia de muerte, y le crucificaron" (Lucas 24:18-20). Muchas veces perdemos el tiempo tratando de explicar con nuestro razonamiento la obra que el Señor aún no terminó. Dios tiene todas las piezas del rompecabezas de nuestras vidas. Nunca deja las cosas a medias. Nuestro razonamiento nubla nuestro entendimiento. Los ojos de estos discípulos estaban velados. Ellos seguramente escucharon a Pedro responder con tanta firmeza, cuando Jesús les preguntó a todos: “Salieron Jesús y sus discípulos por las aldeas de Cesarea de Filipo. Y en el camino preguntó a sus discípulos, diciéndoles: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas. Entonces él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Respondiendo Pedro, le dijo: Tú eres el Cristo.” (Marcos 8:27-29) Y en Mateo 16:17 dice: “Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.
La incredulidad distorsiona la visión
¿Qué pasó que ahora vemos que estos discípulos decían: “… que fue varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios…”? (Lucas 24:19). Sus ojos veían a un simple profeta, como cualquier otro profeta. ¡Cuánta confusión podemos ver en esas palabras! ¿Y el Reino de los cielos del que Jesús afirmaba ser el Rey? ¿Por qué lo veían como un Rey terrenal? Pensaban que libraría a Israel de sus enemigos, que los libraría del yugo Romano: "Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel; y ahora, además de todo esto, hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido" (Lucas 24:21). Muchos judíos creían que las profecías del Antiguo Testamento señalaban a un Mesías político o militar; no se dieron cuenta que el Mesías vino para rescatarnos de la esclavitud del pecado. Cuando Jesús murió, por lo tanto, perdieron toda ilusión. No entendieron que la muerte de Jesús ofrecía la más grande esperanza.
Nuestro razonamiento nos impide contemplar a Dios y sus propósitos. Nos hace mirar nuestro alrededor con ojos naturales y no con fe. Estos discípulos también trajeron a memoria lo que unas mujeres “habían dicho” en Lucas 24: 22-24: “Aunque también nos han asombrado unas mujeres de entre nosotros, las que antes del día fueron al sepulcro; y como no hallaron su cuerpo, vinieron diciendo que también habían visto visión de ángeles, quienes dijeron que él vive. Y fueron algunos de los nuestros al sepulcro, y hallaron así como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron". Cuánta decepción en esas palabras. Como diciendo “todo maravilloso, pero Él no estaba…”.
Les llegó la noticia que el sepulcro estaba abierto, que el cuerpo no estaba ahí. Estos hombres sabían que la tumba estaba vacía, pero seguían sin advertir la resurrección de Jesús porque estaban muy tristes. A pesar de las evidencias, del mensaje de las mujeres y de las profecías, no creían. “Entonces él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían" (Lucas 24: 25-27). Si había algo que los judíos hacían, era estudiar en profundidad Las Escrituras. Pero no solo eso, lo más notable acá es que ellos estuvieron tres años aprendiendo y escuchando las palabras de Jesús, como por ejemplo: "Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día" (Lucas 24:7). Si estos discípulos hubieran entendido y creído lo revelado en todo el A.T. no se habrían sentido deprimidos, sino que se hubieran llenado de gozo y alegría. El no conocer la Palabra de Dios, como cristianas, es una gran insensatez y un gran peligro. Si falla la fe, fallan las esperanzas. El desánimo de ellos era tan grande que les había producido una incapacidad para creer en lo que Él dijo que sucedería al tercer día.
Cristo es el mejor expositor de la Escritura
Nuestro Señor Jesús les reprochó la debilidad de su fe en las Escrituras del Antiguo Testamento. Si supiéramos más de los consejos divinos según nos han sido dados a conocer en su Palabra, no estaríamos sujetas a las confusiones en que, muchas veces, nos enredamos. Les muestra que los padecimientos de Cristo eran, realmente, el camino designado a su gloria, y la cruz era sumamente necesaria.
Comenzando por Moisés, el primer escritor inspirado por Dios del Antiguo Testamento, Jesús les expone cosas acerca de lo que escribió a cerca de sí mismo. Cristo es el mejor expositor de la Escritura y, aún después de su resurrección, llevó a la gente a conocer el misterio acerca de sí mismo; no por un nuevo mensaje, sino mostrándoles cómo se cumplió la Escritura, y animándolos al estudio ferviente de ellas.
Sus ojos espirituales fueron abiertos
"Llegaron a la aldea adonde iban, y él hizo como que iba más lejos. Mas ellos le obligaron a quedarse, diciendo: Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado. Entró, pues, a quedarse con ellos" (Lucas 24: 28,29). Esto pasa cuando estamos en su presencia. "Y aconteció que estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista. Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (Lucas 24: 30-32). La Palabra de Dios revoluciona el corazón. Verdaderamente es vida. A partir de ese momento, sus corazones empezaron a arder, encendidos por el amor de Dios. Estos discípulos no tenían la revelación completa, hasta que sus ojos fueron abiertos. Nosotras ya conocemos el final de la historia: ¡Nuestro Redentor resucitó! Y nos dio vida y un día estaremos con Él por la eternidad.
¿Será esto suficiente para que nunca deje de arder nuestro corazón? ¡Por supuesto que sí! Nuestro corazón arderá al volvernos cada día a las Escrituras y nos fortaleceremos en la fe. Su Palabra nos da esperanza cuando estamos desanimadas, somos consoladas por ella cuando estamos tristes y nos da aliento cuando ya no podemos más.
Vivimos en un mundo lleno de odio, de amargura y resentimiento. Este mundo va, como estos dos caminantes de Emaús, en conflicto; creyendo conocerle, pero tienen desdibujada la imagen de Dios. Nosotras necesitamos ser como esas mujeres valientes, que fueron testigos del poder de Dios y no pudieron callarlo:
" …y volviendo del sepulcro, dieron nuevas de todas estas cosas a los once, y a todos los demás” (Lucas 24:9).
¡Qué privilegio es proclamar las buenas nuevas! Somos testigos de su amor y su poder. ¡Hablemos del Dios vivo, que vino a rescatarnos, para que vivamos para su gloria! Que su Palabra permanezca y avive el fuego en nuestro corazón. "La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales" (Colosenses 3:16).
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