Mi Padre, el tierno Labrador
- bienaventuradassomos
- 24 abr 2024
- 7 Min. de lectura

“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador” (Juan 15:1)
Para introducirnos a este tema, vamos a detenernos primeramente en el significado de la palabra labrador: Persona que tiene el oficio de trabajar y cultivar la tierra para que sea productiva, en especial si es el propietario de ella.
Qué hermoso es ver en esta enseñanza de nuestro Señor, esta comparación que hace con las cosas naturales de este mundo, donde podemos ver el gran amor de Dios hacia nuestras vidas. Esta definición nos dice que este labrador pondrá más especial cuidado sobre esa tierra, si es suya, si le pertenece. Y nosotras somos suyas, le pertenecemos porque fuimos redimidas.
Miremos lo que nos dice el apóstol Pedro en su carta dirigida al pueblo del Señor: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios…” (1Pedro 2:9). Entre los destinatarios de esa carta, estamos incluidas. Jesús pagó el precio por nuestros pecados, nadie más podía lograrlo, solo su preciosa sangre y su perfecto sacrificio. “Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate (Porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás), para que viva en adelante para siempre, y nunca vea corrupción” (Salmo 49:7-9). ¡Qué agradecidas debemos vivir! Hoy podemos decir “Abba Padre”, y amarlo con dulce amor, solo gracias a Jesús y a que Él nos amó primero. Saber que, “Pueblo suyo somos y ovejas de su prado”, debe llenar nuestro corazón de inmensa gratitud. ¡Precioso plan de redención!
Unidas a la vid verdadera
La parte primordial de todo esto es que estemos unidas a la vid verdadera; a Jesús. Solo en Él disfrutaremos el privilegio de tener al Padre como nuestro tierno Labrador. Procuremos llevar una vida de obediencia y en absoluta dependencia, como Jesús lo hizo con el Padre dándonos ejemplo para que siguiéramos sus pisadas. Solo así fluirá, como esa preciosa savia, la vida de Cristo en nosotras. Si esto no sucede, seremos pámpanos secos y sin fruto.
Jesús dijo: “Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará…” Y todo pámpano que se corta de la vid “… se secará; y los recogen, y los echan en el fuego y arden”. Acá secará significa, sin ningún valor.
Necesitamos permanecer en Jesús, Él dijo: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5). Si no permanecemos en Él, nada, ninguna cosa podremos hacer, morimos espiritualmente y solo encontraremos fracasos. La insensatez y necedad nos coronará. Su sabiduría y su amparo, se apartará de nosotras y quedaremos a merced de nuestro engañoso y malvado corazón. Solo en Jesús podemos vencer nuestra naturaleza pecaminosa. Solo en Él somos fuertes en nuestras debilidades; porque entonces reposa su poder en nosotras. Leamos con atención Hechos 4:12 “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. Fuera de Jesús no hay salvación, hay condenación, toda una eternidad lejos de la presencia de Dios. Una vida sin sentido, ni propósito, solo muerte.
Quienes hemos encontrado todo en Jesús podemos decir como Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Porque Él es la Palabra, el Verbo de Dios que descendió del cielo. Ya no necesitamos buscar nada, ni a nadie más, solo más de Jesús, nuestra necesidad de estar en Él y en su Palabra crece cuando más lo conocemos.
El salmista podía decir: “Tú eres mi esperanza, Y mi porción en la tierra de los vivientes”. Mi porción acá significa mi todo y nosotras hacemos nuestras estas palabras, porque así lo vivimos, así lo experimentamos día a día.
Dando fruto
¿Cómo podríamos dar fruto separadas de la vid? ¡Es imposible! Esto solo es posible a través de una relación viva y constante con Dios el Padre, Hijo y Espíritu Santo. No debemos descuidar esta parte tan fundamental y que tan fácilmente descuidamos por las ocupaciones o entretenimientos que abundan en este tiempo. Todos los días surgirán cosas que serán obstáculo para lograr esto, se requerirá de esfuerzo para lograrlo. Así como nos esforzamos para las cosas cotidianas (trabajar, estudiar, las tareas del hogar), también, y cuanto más, necesitamos esforzarnos en lo espiritual. El Padre espera que demos fruto, un carácter afable, apacible. Que cada día seamos más parecidas a Cristo, a su carácter, mansas, humildes y llenas de su Espíritu. Jesús tiene una vida abundante que Él prometió darnos. Pongamos toda diligencia en buscarla y disfrutarla.
El Padre nos ayudará para que podamos lograr esto si se lo pedimos. Es el deseo de su corazón; su propósito es formar a Cristo en nosotras. Y para esto nos corregirá en esas actitudes que no lo reflejan y lo hará en su infinita sabiduría porque Él, como nadie, nos conoce y sabe qué debe limpiar y podar para que demos ese precioso fruto. Y lo hace para lo que nos es provechoso, para nuestro bien. En el Libro de Job encontramos esta afirmación “Ciertamente qué afortunado es aquél a quien Dios corrige, así que no rechaces la disciplina del Todopoderoso” (Job 5:17 PDT).
Es necesaria la poda
¿Por qué debemos considerarnos afortunadas, dichosas, felices cuando el Señor nos disciplina? Leamos: “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12:6). Tenemos que sentirnos amadas por Él y alegrarnos en su amor y especial cuidado hacía nuestras almas. No en lo que estamos padeciendo, sino en que somos de Dios, en que somos sus hijas y permanecemos en Jesús. Es por todo esto que el Padre hará lo necesario para perfeccionarnos “hasta el día de Jesucristo”, cuando Él vuelva a llevarnos tal y como él lo prometió: “Hay muchos lugares en la casa de mi Padre. Si no fuera así, se lo diría. Voy a prepararles lugar y si voy y preparo un lugar para ustedes, regresaré Los llevaré conmigo para que estén donde estoy yo” (Juan 14: 2-3). Estas son palabras verdaderas de Jesús y tienen fiel cumplimiento. Estaremos para siempre con Él. ¡Preciosa esperanza!
Nos conviene sufrir la poda o disciplina del Señor. Miremos que nos dice Hebreos 12:11 con respecto a lo valiosa (aunque dolorosa) que es la disciplina del Padre: “Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados”. ¿Podemos entonces ver qué necesaria es la disciplina? Ella da como resultado un fruto apacible de justicia. Apacible es una palabra muy rica en su significado: dulce, agradable, pacifico, manso, tranquilo, reposado, blando, suave, templado, plácido, quieto, dócil, deleitoso, ameno, delicioso, grato. Con un fruto así el Padre estará inmensamente agradado. Al ser podados el Padre quitará todo aquello que impida nuestro desarrollo espiritual, las obras de la carne de la que nos habla Gálatas 5 (adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, etc). También el mal carácter, la falta de perdón, el rencor, la dureza de corazón, el orgullo, la vanagloria. ¡Hay tanto por cambiar, tanto para limpiar!
El trabajo meticuloso del Labrador
No debemos temer la disciplina. El temor puede asaltarnos cuando estamos transitando la poda o limpieza. Dios usará cada circunstancia de nuestra vida para este propósito. Isaías 28: 23,24,26 DHH nos ilustra una preciosa enseñanza que nos trae paz y confianza en la bondad y compasión del Señor. “Pongan atención, escuchen lo que digo, oigan con cuidado mis palabras: Cuando un agricultor va a sembrar, no se pasa todo el tiempo arando o rompiendo o rastrillando su terreno. Dios le enseña cómo debe hacerlo”. Si nuestro Padre le da sabiduría al agricultor para no maltratar la tierra, ¡cuánto más, con esa misma sabiduría y delicadeza, tendrá cuidado de nosotras en la forma y el tiempo en que nuestra vida necesita ser tratada! Su trabajo ese meticuloso, lleno de amor.
¿Cómo podemos pensar que lo que el Padre obre en nuestra vida ha de ser para mal? Romanos 8:28 “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”. Jesús mismo aseveró: “Nada os dañará…” Miremos ahora lo maravilloso, sabio y excelso que es Dios; ¡nuestro Dios! “Así también hace sus planes el Señor todopoderoso. Él tiene planes admirables, y los lleva a cabo con gran sabiduría” (v.29 DHH).
Un ejemplo más veremos ahora, que se encuentra en Santiago 5:7b “Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía”. Mirad, es un verbo imperativo y nos llama a fijar la vista y ver atentamente para aprender. Dios nos pide ver con atención para hablarnos de la paciencia que debemos tener al esperar la segunda venida del Señor, mostrándonos también a un labrador que espera con paciencia hasta que esa semilla plantada dé fruto.
A diferencia de este labrador terrenal, que nada puede hacer, solo debe esperar. No puede abrir la tierra y mirar el proceso, que puede incluso llevar años; pero que va en crecimiento. Primero verá un pequeño tallo, alguna hojita que crecerá tímidamente, pero que un día llegará a ser un árbol fuerte y robusto.
Nuestro Padre, el tierno Labrador, todo lo conoce y hará todo lo necesario para que podamos dar ese fruto enviando su lluvia temprana y tardía, Él tiene potestad para hacerlo. Paciente esperará que crezcamos, pero mientras tanto hará su obra en nuestro corazón (tierra) porque Él es quien lo escudriña y conoce profundamente y sabe perfectamente qué debe limpiar. El corazón es el lugar donde ningún labrador de este mundo puede ver, ni obrar; solo Dios.
Él ya ha plantado la preciosa semilla, (su Palabra) en nuestro corazón y aguarda hasta que pueda crecer y dar fruto, porque la semilla plantada, (su Palabra), es de excelente calidad; ahora depende del suelo donde cayó esa semilla: nuestro corazón. “Más el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto, y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno” (Mateo 13:23). Por eso es importante que prestemos atención cuando escuchemos su Palabra, sus enseñanzas, para ponerlas por obra. Ella nos trae su luz y nos hace comprender, ella renueva nuestro entendimiento, “La exposición de tus palabras alumbra; Hace entender a los simples” (Salmo 119:130).
Necesitamos tener este buen depósito, su palabra morando abundantemente en nuestro corazón. Discernir, oír atentamente y entender lo que Dios nos está mostrando, lo que debemos hacer y cambiar; para, libres de todo estorbo, poder dar fruto conforme a nuestra capacidad, Dios no nos pedirá más que esto, puede ser treinta, sesenta o ciento por uno; lo importante es que demos fruto apacible de justicia, para la alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado nuestro Señor Jesucristo.
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