
“El alma del perezoso desea, y nada alcanza; Mas el alma de los diligentes será prosperada” (Proverbios 13:4). La pereza espiritual en el cristiano no trae nada bueno y es peligrosa. La pereza hace que lo dejemos todo para mañana. Cuántas veces en nuestra vida proponemos realizar o comenzar algo: una dieta, estudiar una carrera, ponernos al día con las cosas de la casa, descansar temprano, hacer ejercicios, comer sano, etc, y siempre queda en la nada.
Así también en lo espiritual
“En cierta ocasión pasé por el campo y por la viña de un tipo tonto y perezoso. Por todos lados vi espinas. El terreno estaba lleno de hierba, y la cerca de piedras, derribada. Lo que vi jamás se me olvidó, y de allí saqué una lección: Si te duermes un poco y te tomas la siesta, y si tomas un descansito y te cruzas de brazos… acabarás en la más terrible pobreza” (Proverbios 24:30-34 TLA). Así también es con nuestra vida espiritual, si no procuramos nuestro alimento espiritual, no avanzaremos.
“Jesús le dijo: —¡No! Las Escrituras dicen: “La gente no vive solo de pan, sino de cada palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4 NTV). “El perezoso siempre tendrá una excusa. El perezoso pone como pretexto que en la calle hay leones que se lo quieren comer” (Proverbios 26:13 TLA). El perezoso no es que no desea. Desea una buena vida, desea un buen trabajo, pero no lo busca; desea tener una buena familia, desea comer algo rico, pero no se quiere cocinar; todo le da pereza, no quiere esforzarse en nada.
Desear y no alcanzar
Así también es para muchos cristianos en lo espiritual, desean crecer en el conocimiento de Dios, pero no lo buscan, no oran, no leen, no estudian la Palabra. Desean prosperar, tener paz, pero no obedecen; desean servir, pero nunca se comprometen; se quedan en sus deseos y nunca avanzan. Ven que otros sí lo desean y hacen, pero no se esfuerzan.
“Queridos hermanos, cuando yo estaba con ustedes, siempre me obedecían. Ahora que estoy lejos, deben obedecerme más que nunca. Por eso, con respeto y devoción a Dios, dedíquense a entender lo que significa ser salvado por Dios” (Filipenses 2:12 TLA). Si entendiéramos el significado de nuestra salvación no sería necesario que una y otra vez nos repitiesen las mismas cosas. Lo que el apóstol Pablo les dijo es que consideraran el asunto con sinceridad, con cuidado, con diligencia. “Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará…” (Juan 6:27). Trabajad nos habla de hacer, de ocuparse, de esfuerzo, de compromiso, dedicación. En cambio, la pereza, de no esforzase, no ocuparse. La pereza espiritual nos lleva a estancarnos.
Perder el propósito
“Ustedes son como la sal que se pone en el horno de barro para aumentar su calor. Si la sal pierde esa capacidad, ya no sirve para nada, sino para que la tiren a la calle y la gente la pisotee” (Mateo 5:13 TLA). El calor quema y destruye lo que está en descomposición o mal estado. La sal preserva. Pero si esa “sal” que estamos llamadas a ser, deja de estar salada, nos volvemos sin utilidad, sin propósito. Solo sería algo insípido, es decir, sin el grado de sabor que debiera tener.
“De igual manera, el atleta que participa en una carrera no puede ganar el premio si no obedece las reglas de la competencia” (2 Timoteo 2:5 TLA). Nuestro andar espiritual debe ser como una carrera. El correr requiere esfuerzo, disciplina para llegar a la meta y recibir el premio. “Ustedes saben que, en una carrera, no todos ganan el premio, sino uno solo. Pues nuestra vida como seguidores de Cristo es como una carrera, así que vivamos bien para llevarnos el premio. Los que se preparan para competir en un deporte, dejan de hacer todo lo que pueda perjudicarlos. ¡Y lo hacen para ganarse un premio que no dura mucho! Nosotros, en cambio, lo hacemos para recibir un premio que dura para siempre. Yo me esfuerzo por recibirlo. Así que no lucho sin un propósito. Al contrario, vivo con mucha disciplina y trato de dominarme a mí mismo. Pues si anuncio a otros la buena noticia, no quiero que al final Dios me descalifique a mí” (1 Corintios 9:24-27 TLA).
Para Pablo no existía tal cosa como “una victoria segura”. Sabía que debía luchar todos los días porque podía perder el premio. Tenía que pelear la buena batalla de la fe. “Por lo tanto, ya que estamos rodeados por una enorme multitud de testigos de la vida de fe, quitémonos todo peso que nos impida correr, especialmente el pecado que tan fácilmente nos hace tropezar. Y corramos con perseverancia la carrera que Dios nos ha puesto por delante” (Hebreos 12:1 NTV).
¡No te detengas!
Nosotros no podemos quedarnos a la mitad de la carrera, debemos avanzar. Correr con fe, con paciencia para asegurarnos el premio. Estos testigos que mencionan Las Escrituras ya han corrido la carrera y debemos imitarlos. La carrera que ellos corrieron no se puede decir que fue espléndida, sino sufrida. Para el mundo sería una derrota, pero para los entendidos una victoria.
Dios nos salvó para cumplir su propósito en nuestras vidas, como su Iglesia. Por eso debemos revisar cómo estamos corriendo nuestra carrera. “Vosotros corríais bien; ¿quién os estorbó para no obedecer a la verdad? (Gálatas 5:7). ¿Qué pasó? ¿Cómo pudimos descuidarnos?
¿Sabes? Ningún cristiano permanece estancado espiritualmente en forma permanente. Ese es solo el primer paso, porque luego empieza a retroceder. Se avanza o se retrocede. Se crece o se perece.
Entonces, ¿qué hacer si nos encontramos en esa situación? Prestemos atención a lo que dice el Señor “... Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones...” (Hebreos 3:1).
¡No resistas a la voz de Dios! ¡No te rindas! ¡Prosigue a la meta! El Señor es quien te renueva las fuerzas y extiende su mano de amor una vez más. ¡No está todo perdido! ¡Levántate y resplandece con su luz!
Dios quiere mujeres valientes, paradas en la brecha, porque somos más que vencedoras por medio de Aquel que nos amó.
“Imita al deportista, que se esfuerza por ganar la competencia: haz todo lo posible por ser un buen discípulo de Jesucristo, y recibirás el premio de la vida eterna. Dios te llamó y te prometió esa vida cuando, delante de mucha gente, anunciaste que habías confiado en Dios” (1 Timoteo 6:12 TLA).
Dios quiere contar contigo. ¿Estás lista? ¡Él es tu ayudador!
Muchas gracias por escribirnos, Camila. ¡Qué gozo nos da el saber que te fue de bendición este artículo! 😊 Con la ayuda del Señor, seguiremos compartiendo de los tesoros que hay en su Santa Palabra, para edificación de nuestras almas. ¡Un abrazo en el amor del Señor! ❤️
Dios bendiga grandemente a la hna o hnas que hacen parte de este Ministerio. Primera vez que leo un artículo de Bienaventurada somos🙌🏻💕 y que bendición, gracias gracias por dejarse usar. Ruego a Dios me ayude a ser diligente en lo que me ha dado y ser buena administradora y no perezosa. Dios le añada o les añada mucho más de lo que imaginan. Les abrazo desde Uruguay, mi nombre es Camila 🌺