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La fiel amistad de Jesús

  • Foto del escritor: bienaventuradassomos
    bienaventuradassomos
  • 26 feb 2022
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: 20 jul 2022



“Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro” (Juan 11:5).


La Palabra de Dios nos relata esta dulce y preciosa historia de amor y fiel amistad.

En su paso por esta tierra, Jesús entabla una estrecha relación de amistad con estos tres hermanos: Marta, María y Lázaro. Visitaba su hogar y compartía con ellos largas charlas, hermosos momentos de íntima comunión, donde les daba a conocer ampliamente el plan de salvación, las Buenas Nuevas que Él venía a proclamar. Un mensaje de amor y reconciliación con el Padre. Dios enviaba a su único Hijo a morir en la cruz, para volvernos en amistad con Él: “… para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16).


La primera en sentirse impactada por las palabras de Jesús fue María, ella lo escuchaba atentamente sentada a sus pies… ¡Y es que Jesús tiene Palabras de vida eterna!


Aquellos que fueron a apresarlo no pudieron resistir sus palabras de verdad, impregnadas de amor y tuvieron que exclamar: “… ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (Juan 7:46).


Marta, fue comprendiendo de a poco, qué importante era quien había llegado a su hogar: ¡El Mesías tan esperado! Como ella misma confesó: “Le dijo: Sí Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo” (Juan 11:27).


En cuanto a Lázaro, jamás pudo imaginar de qué manera comprobaría quién es Jesús: Aquel que obraría el milagro de volverlo a la vida y a una nueva vida en Cristo. Estas son palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida…” (Juan 11:25). La verdadera vida.


Donde llega Jesús todo se revoluciona, la gloria de Dios se manifiesta; ¡porque Él es Dios! Jesús no solo venía como Salvador y Redentor; Él venía a entablar una relación de verdadera y fiel amistad con el hombre. Y esto solo sería posible a través de su muerte y resurrección.


Estos hermanos vieron alterada su rutina; su hermano enfermó gravemente. Inmediatamente enviaron a llamar a Jesús: “… Señor, he aquí el que amas está enfermo” (Juan 11:3). ¡Qué certeza tenían de cuánto el Señor los amaba! Pero Jesús dice algo que ninguno de sus discípulos entendió: “Oyéndolo Jesús, dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (Juan 11: 4). Y no solo esto, sino que además se quedó en ese lugar dos días más. ¿Fue indiferente Jesús a la necesidad de sus amigos, a su llamado? Más adelante, veremos que de ninguna manera esto fue así. Finalmente, Lázaro murió. ¿Qué habrán pensado sus discípulos: “¿Jesús se equivocó?”. Pero… ¿puede equivocarse quien es Omnipotente, Omnisciente y Omnipresente? ¡Eso jamás sucederá!


Amistad verdadera, es más que compartir momentos


Encontramos en el A.T. lo que hace un verdadero amigo: “En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia” (Proverbios 17:17).


Jesús no era un amigo para compartir solo buenos momentos, cuando todo era alegría y fiesta. Y así lo prometió, estar con nosotros para siempre y en todo tiempo. “… Yo estaré siempre con ustedes, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20 TLA).


Él nunca dejará solos a sus amigos tan amados. Jesús es nuestro amigo fiel. Muchos amigos solo estarán de paso en nuestra vida, otros permanecerán, pero aunque quisieran, les sería imposible estar a nuestro lado en todo momento. Esto solo Dios puede hacerlo, y Él lo hace fielmente.


La amistad con Cristo nos lleva a la verdad, a imitarlo. Así vamos a poder ofrecer a otros, una amistad sana, que los lleve a Cristo también.


Hay amistades que NO edifican


Existen relaciones de amistades que no glorifican a Dios, que nos alejan de Dios, que contaminan el corazón. Amistades que hacen mal, que nos desvían del propósito de Dios, que no son de bendición.


Como hijas de Dios, es aconsejable rodearse de personas que nos alienten a vivir como Cristo. “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” (Hebreos 12:15).


En la Biblia vemos cómo dos personas se hicieron “amigos” para hacer maldad.

“Y se hicieron amigos Pilato y Herodes aquel día; porque antes estaban enemistados entre sí” (Lucas 23:12). En poco estaban de acuerdo, salvo en la enemistad contra Dios, y el desprecio por Cristo.


¡Cuidado con amistades basadas para hacer daño a otros! ¡Dios no puede ser burlado! Jesús pasaba tiempo con sus amigos, para edificarlos, para compartir de su Reino, seguía siendo obediente al Padre. No se tomaba “licencias o permitidos” para pecar con sus amigos. Él ofrecía una amistad en santidad. No era de tropiezo.

Nuestras malas actitudes pueden hacer tropezar a otros. ¡Y la Palabra advierte de la gravedad del que haga tropezar a otros!


Lázaro estaba muerto


En esa situación de dolor, con Lázaro ya muerto, Jesús no abandonó a sus amigos. La obra continuaría. ¡Y llegó a ese lugar! “Vino, pues, Jesús, y halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro” (Juan 11:17).


Ya todo parecía perdido. Había llegado la muerte y sería algo irremediable.

Un profundo dolor tomó lugar en el corazón de estas hermanas, y la decepción ocupó su lugar.


“Y Marta dijo a Jesús: Señor si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará” (Juan 11:21-22). Marta sabía del gran poder del Señor y de su íntima relación con el Padre. Pero ¿resucitar a su hermano? Eso ni siquiera pasó por su pensamiento.


Jesús le dice palabras consoladoras, llenas de esperanza: “… Tu hermano resucitará” (Juan 11:23). Marta le dijo: “… Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero” (v.24). Pero con ella estaba la Resurrección y la Vida… y lo imposible ¡sucedería!


María, traspasada de dolor, era consolada por otros amigos que nada pudieron hacer para impedir la muerte de su hermano. Pero ahora, Jesús estaba presente y la manda a llamar. Un llamado lleno de amor y compasión. Él anhelaba que ella supiera que ya no estaba sola con su dolor, con su impotencia ante la muerte.


María corre apresuradamente; es que allí estaba su Amigo, su Señor. Jesús estaba ahí, y Él vino a cumplir toda la Palabra de Dios. Proverbios 18:24 nos dice: “El hombre que tiene amigos ha de mostrarse amigo; y amigo hay más unido que un hermano”.


¡Qué maravilloso es vivir esta clase de amistad con Jesús! Tan cercana, tan unida, no puede compararse con ningún lazo de amistad terrenal; lo supera absolutamente. ¡Porque Él es Dios, nada se le puede igualar! Pero, aun así, Él nos anima a ser esta clase de amigos; leales y unidos en la santidad de Dios, demostrando verdadera amistad. No como Judas que traicionó la amistad y el amor que Jesús le demostró en todo momento. Traicionó a Aquel que venía a dar su vida por él, conociendo su corazón y sus malvados planes.


Jesús nos invita a participar de todos sus bienes, a deleitarnos con sus manjares, Él quiere agasajarnos como se hace con los amigos cuando los invitamos a casa. “… ¡Vamos, amigos, coman y beban! ¡Queden saciados de amor!” (Cantares 5:1 TLA).


Al aceptar esta Divina invitación de nuestro Amigo Jesús, nos es revelada cuánta hermosura hay en Él, qué dulce es caminar tomadas de su mano… su dulce compañía envuelve todo nuestro ser.


Miremos esta canción de amor que le dedica su amiga a su amado y fiel Amigo: “Su paladar, dulcísimo, y todo él codiciable: tal es mi amado, tal es mi amigo, oh doncellas de Jerusalén” (Cantares 5:16). Ella encontró en Él, todo lo que necesitaba y más. Su alma desbordaba de amor por su amado, por su amigo.


María acude a Jesús


“María, cuando llegó a donde estaba Jesús, al verle, se postró a sus pies, diciéndole: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto” (Juan 11:32). María sabía que, a los pies de Jesús, estaba todo lo que ella necesitaba. Ya lo había experimentado. Pronunció las mismas palabras que Marta. Ellas conocían el poder del Señor, aunque no todo. Porque se maravillarían de lo que presenciarían a continuación.


“Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró” (Juan 11:33-35). ¡Qué tierno corazón del Señor! En ese momento, mientras observa el dolor, Jesús empieza a llorar. Juan no expresa el motivo de su llanto, pero podemos ver que, ante esa situación de dolor, se estremece, se conmueve y llora. Vemos al Dios compasivo, lleno de misericordia, de gracia, de amor.


Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros; Jesús, el Hijo del Hombre. El Dios vivo que empatiza con el dolor del ser humano, que puede obrar maravillas. Él no es materia inerte e inanimada, como las imágenes de yeso o de cartón. Leamos Juan 1:4 “En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. ¡Este es Jesús!


La muerte del ser humano no era el propósito de Dios, Él lo creó para vivir eternamente en amistad con Él. Pero la desobediencia de Adán y Eva introdujo el pecado y con él, la muerte. “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12).


Jesús lloró. Todos allí pudieron ver cuánto amaba Jesús y que no eran solo palabras. Jesús resucitó a Lázaro a pesar de que hacía cuatro días que había muerto y hedía ya: ¡porque nada es imposible para Dios! Y muchos creyeron en Él, aunque no todos. La tragedia fue cambiada en alegría y regocijo para la gloria de Dios. Una vez más estos amigos se reunieron y festejaron tan grande y maravilloso acontecimiento y su preciosa amistad. Solo había gratitud en el corazón de Marta, María y Lázaro. Ellos amaban a Jesús, porque Él los amo primero; como a cada una de nosotras: Jesús nos ama y anhela tener una amistad profunda y sincera con todo aquel que se acerque a Él.


La Biblia nos muestra a Jesús como: El Buen Pastor, la Puerta, el Camino, la Verdad y la Vida, la Luz del mundo, y entre la larga lista, se muestra como Amigo Fiel, como ningún otro. “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). Y así fue. Su vida entregó porque nos amó. La cruz nos habla de su perfecto amor, ofreciendo su amistad a un mundo enemistado con Dios por el pecado. Él pagó nuestra deuda. Ahora tenemos paz para con Dios. Amor sublime, sin igual; amor perfecto, excelente. Amigo de verdad: ¡Jesús!


 
 
 

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