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La fe que vence

  • Foto del escritor: bienaventuradassomos
    bienaventuradassomos
  • 2 may 2022
  • 8 Min. de lectura


“Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Juan 5: 4-5).


En el libro de Números 13, encontramos el relato donde Moisés envía doce hombres a reconocer la tierra de Canaán. Tierra que Dios les había prometido que les daría, estando aún en dura servidumbre, siendo esclavos en Egipto. Abraham por la fe vivió en ella como extranjero junto a Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa. ¡Qué hermoso es comprobar que Dios cumple sus promesas! Dios los llevaría a una tierra buena y ancha, donde fluía "leche y miel". Dando así a entender la abundante riqueza que allí encontrarían y disfrutarían.


Estos varones que Moisés envió, no eran hombres comunes, eran príncipes, jefes de familia de cada una de las tribus de Israel. Debían traer un fiel y detallado informe de aquel lugar; sus características y las de sus habitantes. Al llegar allí encontraron tal cual Dios les había dicho, una tierra rica en gran manera, de tal manera que el fruto era en extremo grande, ya que un racimo de uvas era traído por dos hombres en un travesaño. Aunque también habitaban en ese lugar gigantes, eran los hijos de Anac. Esto llenó de gran temor sus corazones, la incredulidad ganó su batalla en ellos y así lo transmitieron al pueblo e hicieron desmayar sus corazones. Y en esto podemos ver cómo nuestras palabras y actitudes pueden influenciar a los demás para llevarlos a poner su confianza en Dios o a la desesperanza e incredulidad. Busquemos ser mujeres de fe, que transmitan su confianza en Dios y su Palabra.


Pero entre ellos estaban Josué y Caleb, que creyeron la Palabra que Dios les había hablado. Ante este informe tan negativo, Caleb alzó su voz y en Números 13:30 nos dice “Entonces Caleb hizo callar al pueblo delante de Moisés, y dijo: Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos”. Aquí podemos ver a Caleb hablar al pueblo que ya estaba aterrorizado y desbordado, de tal manera que querían apedrearlos. Acusaban a Moisés y Aarón de sacarlos de Egipto donde eran esclavos para matarlos en el desierto. Se revelaron no solo contra estos varones que Dios había designado como líderes y que brindaron sus vidas para el bien de ellos, sino contra Dios mismo. Ellos eran simples hombres, pero que contaban con todo el respaldo de Dios; eran los ungidos por Él para llevar a su pueblo, para guiarlos en los caminos santos de Dios. Hasta hablaron de poner capitanes para regresar a Egipto. ¡Cuánta rebelión había en esos corazones! Pero Caleb, guardó su corazón de toda soberbia, no confiaba en sí mismo; su confianza era Dios, no sus fuerzas. Tenía la certeza de en quién había creído. Él pudo ver la liberación del Señor a favor de su pueblo en Egipto, esto trajo fe y le enseñó sabiduría a su corazón. Prestó atención al mover de Dios, vio cada una de las plagas y maravillas que Dios había ejecutado, su juicio contra los malvados que oprimían a sus hijos. Él no estuvo distraído, divagando en su corazón. Pudo ver con claridad quién es Dios realmente; grande, poderoso y temible. El pueblo olvidó rápidamente las maravillas de Dios. No así este hombre. La diferencia estaba en su fe, depositada en el lugar correcto: en Dios. Tampoco olvidó su condición anterior, la dura servidumbre a que eran sometidos, reconoció de donde los rescató el Señor.


No debemos olvidar


Cuánto necesitamos nosotras tener presente cómo estábamos viviendo antes de que el Señor nos rescatara y la nueva vida que disfrutamos hoy. Cuánto costó nuestra redención, cuál fue el precio que se pagó por nuestras almas: la preciosa sangre de Cristo. Su gran aflicción en Getsemaní, los clavos, la vergüenza de la cruz y el abandono del Padre.


¡No debemos olvidar! Debemos vivir una vida de gratitud y rendición a los pies del Señor, buscando cumplir su voluntad, agradándole en todo, con firmeza; no inestables y vulnerables. No será fácil, tampoco lo fue para estos hombres de Dios, pero ellos no se movieron de su fe por las presiones de un pueblo rebelde que no quería obedecer, ni creer firmemente en Dios. Muchos querrán hacernos desistir de nuestra fe, no entenderán, ni podrán ver lo que nosotras hemos encontrado en Cristo: la verdad, el amor eterno y verdadero, una profunda paz que embarga todo nuestro ser y tanta plenitud que es imposible describir con palabras.


Este hombre le creyó a Dios, creyó su promesa, que un día disfrutaría de esa tierra llena de riquezas, aunque para ello tuviera que luchar contra esos gigantes. Hebreos 11:1 nos dice: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. La certeza que solo la fe puede darnos en medio de grandes desafíos, verdaderos gigantes. Pero podemos elevar nuestros ojos más allá de esos montes y saber que nuestro socorro sin duda alguna vendrá del Señor. Mira atentamente quién es nuestro Dios: “Tema a Jehová toda la tierra; teman delante de Él todos los habitantes del mundo. Porque Él dijo, y fue hecho; Él mando y existió” (Salmo 33:8-9). Dios puede hacer mucho más de lo que podemos imaginar. No existen los imposibles para Él. Es el único que puede crear donde no existe nada. Él puso orden en una tierra desordenada y vacía. Así también lo hace en nuestra vida.


Caleb le creyó a Dios


Caleb no dudó por lo que vio, él vio los gigantes que habitaban allí, pero su mirada estaba puesta en el Autor y Consumador de la fe: ¡Jesucristo! La Palabra de Dios nos dice: “El justo por la fe vivirá…”. Él tenía una relación con Dios muy cercana, íntima. Esa cercanía le dio la visión correcta de las cosas. “… nosotros los comeremos como pan; su amparo se ha apartado de ellos, y con nosotros está Jehová; no los temáis” (Números 14:9). Qué claridad, qué seguridad en el Dios que nunca miente; que cumple su Palabra.


¿Era infundado el temor del pueblo? Los gigantes eran reales y estaban frente a sus ojos. “… éramos nosotros a nuestro parecer, como langostas, y así les parecíamos a ellos” (Números 13:33). Humanamente jamás hubieran podido vencerlos. Pero Dios les había dicho que era “un pueblo grande y alto y que ellos conocían que así era y que habían oído decir: ¿Quién se sostendrá delante de los hijos de Anac?” Pero también les dijo: (Deuteronomio 9:3) “Entiende, pues, hoy, que es Jehová tu Dios el que pasa delante de ti como fuego consumidor, que los destruirá y humillará delante de ti; y tú los echarás, y los destruirás en seguida, como Jehová te ha dicho”. Entonces sí; podemos llegar a la conclusión de que sus temores eran totalmente infundados, porque tenían la firme promesa de parte Dios, que ellos triunfarían sobre todos los obstáculos que se presentaran. Esa misma promesa también podemos hacerla nuestra por la fe. Esta fe que vence al mundo, con todo lo que ello implica, sufrimientos, adversidades, injusticias.


La fe que pudo transformar a Saulo, (enardecido perseguidor de la Iglesia) a quien Jesús mismo le salió al encuentro diciéndole: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”, en el apóstol Pablo. Que más tarde podía expresar: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2.20). ¡Qué preciosa entrega, sin ninguna ambición, solo el ardiente deseo de vivir para Cristo! Cristo era su todo. Se negó a sí mismo y tomó su cruz. Abrazó la causa de su Señor, por la cual sufrió prisión, hambre, frío, persecución y la muerte.


Hebreos 11:36-38 nos habla de hombres fieles, llenos de fe. Que “experimentaron vituperios, azotes, prisiones y cárceles. Apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra”. Al leer todo lo que ellos padecieron, ¿no nos hace ver que el mismo Dios que los sostuvo a ellos, es nuestro Dios y que ÉL tiene el mismo poder para sostenernos hoy a nosotras? ¡Cuánto debe acrecentar esto nuestra fe!


Vemos a un Pedro lleno de miedo, por creer que correría la misma suerte que Jesús, llegar al punto de negar a su Maestro. Era a él a quien el Padre le había revelado que Jesús era el “Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Pero más adelante, habiendo transcurrido el tiempo, lo vemos pedir ser crucificado cabeza abajo porque no se consideraba digno de ser crucificado como su Señor. Su fe venció el miedo a la muerte y no le importó dar su vida por Aquel que había dado su vida por él. Amó a su Señor en respuesta a ese amor recibido.


Esta misma fe en Dios le concedió a Caleb pelear y derrotar a esos gigantes hijos de Anac tan temibles y tomar posesión de la ciudad que Dios les había mandado. Prestemos atención a lo que Dios dijo acerca de él, Deuteronomio 1:36 DHH “Haré una excepción con Caleb, hijo de Jefone; él sí la verá, y a sus descendientes les daré la tierra donde pongan el pie, por haber seguido con toda fidelidad al Señor”. El seguir fielmente, obedeciendo y creyendo en el Señor, no solo traerá bendición de Dios a nuestra vida, sino también a nuestra familia.


Caleb no estuvo solo un tiempo en esa actitud de humildad y sumisión al Señor, fue toda una vida de fe genuina, verdadera; porque así demostramos nuestra fe, no con palabras solamente. Y Dios premió su fe y fidelidad. Él pudo decir estas palabras: “Ahora bien, Jehová me ha hecho vivir, como él dijo, estos cuarenta y cinco años, desde el tiempo que Jehová habló estas palabras a Moisés, cuando Israel andaba por el desierto; y ahora, he aquí, hoy soy de edad de ochenta y cinco años. Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió; cual era mi fuerza entonces, tal es ahora mi fuerza para la guerra, y para salir y entrar” (Josué 14:10). Dios le concedió vida, fuerzas extraordinarias y no solo esto, sino también disfrutar de esta tierra prometida; lleno de paz y la felicidad que solo Dios puede dar. El desierto fue solo por un tiempo… “Porque no para siempre será olvidado el menesteroso...” (Salmo 9:18).


Dios cumple sus promesas


Josué podía decir con la certeza de haber visto la gran fidelidad de Dios y su promesa cumplida: “Dentro de poco moriré, seguiré el camino de todo ser viviente en este mundo. En lo profundo del corazón, ustedes saben que cada promesa del Señor su Dios se ha cumplido. ¡Ni una sola ha fallado!” (Josué 23:14). ¡Qué Dios tan fiel! Josué también poseyó esa preciosa tierra prometida y la disfrutó durante muchos años. Creyó sin dudar la fiel promesa del Señor.


Estos gigantes que se presentan a nuestra vida solo serán vencidos, si obedientemente, permanecemos creyendo y confiando en Jesús, el Hijo de Dios. Levantemos nuestra mirada, dejemos de ponerla en las situaciones que nos abruman y nos llenan de temor e incredulidad. Más allá de estos cielos que vemos, está en su trono inconmovible e inamovible, nuestro Dios Todopoderoso. Él venció la muerte y está sentado a la diestra del Padre, intercediendo por nosotras. Nunca olvidemos que somos más que vencedoras, ¡por medio de AQUEL que nos amó! (Romanos 8:37).

 
 
 

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