top of page
Buscar

El sufrimiento de la cruz

  • Foto del escritor: bienaventuradassomos
    bienaventuradassomos
  • 13 abr 2022
  • 6 Min. de lectura


La ruptura de la comunión con el Padre fue el mayor sufrimiento de la cruz y todo lo que eso significa.


"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor?" (Salmo 22:1). Esta ruptura de la comunión entre el Padre y el Hijo aparece al inicio de este Salmo porque fue, sin duda, el mayor dolor de la cruz. Cristo pronunció estas palabras estando en agonía, clamando al Padre y sintiendo su abandono.


Tal vez a muchos les cueste entender cómo esta ruptura podía producir en Cristo tal grado de sufrimiento. Y esto es porque no se llega a tener la noción ni la dimensión de lo que es ser UNO con el Padre. Puede suceder de no estar en comunión con Dios como deberíamos y comparar ese tipo de relación de Cristo y su Padre. Una rápida oración al comenzar y terminar el día, o cuando nos sentamos a la mesa a comer, a las apuradas. Muchas veces nuestra comunión con Dios está marcada solo por las cosas que nos preocupan: “¿Por qué estoy enfermo y el Señor no me sana? ¿Por qué no tengo trabajo ni dinero y el Señor no me provee?”. Sin lugar a dudas, todas estas preocupaciones pueden ser válidas, pero se centran en el hecho de que no recibimos de Dios lo que esperamos y no en nuestra relación genuina con Él. Pero en el caso de Cristo, lo que realmente le importaba, por encima de todo lo demás, era la íntima comunión con su Padre.


Desde la eternidad


El gozo que había compartido con su Padre durante cada instante de la eternidad era infinito. El apóstol Juan lo describe de esta manera tan entrañable: "el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre" (Juan 1:18). En otras versiones dice "que vive en íntima comunión con el Padre" o que "está íntimamente ligado al Padre". Ni un solo instante durante toda la eternidad se había roto esa comunión, hasta que llegamos a este punto de la historia: Cristo en la cruz.


Quizás, en este tiempo que el pueblo cristiano recuerda ese glorioso evento, podemos meditar más profundamente en lo que verdaderamente sucedió en esa cruz. ¿Pensaste alguna vez, cuál será el mayor dolor en el infierno? ¡La separación eterna del Dios de amor, misericordioso, compasivo, bueno; del que tiene infinitas virtudes santas! Haber rechazado su amor y no haberlo recibido como único Salvador. El haber despreciado su sacrificio y elegido el repugnante pecado, que solo lleva a una eternidad de sufrimiento, pero lo peor de todo, es que no se podrá gozar de su indescriptible belleza. Y esto nos lleva a pensar en algo muy profundo y solemne: en cierto sentido muy real, podemos decir que Cristo sufrió el infierno mientras estuvo en la cruz y su relación con el Padre fue rota, por cargar nuestro repulsivo pecado, siendo Él sin culpa ni mancha. Y cayó sobre Él, la ira de Dios.


Esa es la historia de nuestra Redención. La máxima expresión del amor perfecto de Dios hacia nosotros, fue la cruz. Allí brota salvación para todo aquel que cree, por gracia, por medio de la fe. Jesús tomó nuestro lugar, pagó nuestras culpas y nos declara inocentes por su obra redentora.


Cuando vienen los momentos de angustia, de prueba y pasamos por situaciones de sufrimiento, vienen las preguntas: ¿Por qué? ¿Por qué a mí? Pero podemos ver cómo Cristo, aún en su momento de máxima angustia, siguió siendo obediente al Padre.


No luchemos contra Dios


"Jacob se quedó solo y entonces un hombre luchó con él hasta el amanecer. Cuando el hombre se dio cuenta de que no podía derrotar a Jacob, lo golpeó en la unión de la pierna con la cadera, y esa parte se le dislocó. Luego el hombre le dijo: —Déjame ir, que ya está amaneciendo. Pero Jacob dijo: —No te dejaré ir a menos que me des tu bendición" (Génesis 32:24-26 PDT). Cada tanto tenemos momentos de lucha con Dios, como Jacob. Y algunas veces, en esos momentos de dolor, Dios parece guardar un silencio absoluto, y llegamos a pensar que es indiferente a nuestro sufrimiento. Y surgen preguntas: ¿le importo a Dios? ¿se compadece de mí? Job lo expresó con palabras que muchos han querido decir: "Si azote mata de repente, se ríe del sufrimiento de los inocentes" (Job 9:23).


Dios sí que entiende nuestro dolor, incluso cuando parece guardar silencio sin intervención aparente. Y lo entiende, porque Él mismo pasó por esa misma experiencia. Escuchemos a nuestro Señor Jesucristo mientras estaba en la cruz: "Dios mío, clamo de día, y no respondes; y de noche, y no hay para mí reposo" (Salmo 22:2). El día y la noche eran testigos de sus súplicas en medio del intenso dolor, pero Dios permanecía en silencio. Podemos pensar que Dios estaba lejos, indiferente a lo que ocurría en la cruz, pero no. Dios mismo, el Padre, estaba en la cruz de Jesús. Veamos como lo expresó el apóstol Pablo: "Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados" (2 Corintios 5:19). Si Dios se ha compadecido de tal manera con el dolor y sufrimiento humano, es porque no le resulta indiferente. La cruz es la prueba suprema del inmenso amor de Dios.


Cuánto consuelo y aliento recibimos al mirar a Cristo en la cruz y su victoria final. Vemos el ejemplo en Job, que aunque en un momento titubeó, él realmente amaba a Dios por quién era Dios y no por lo que le daba, aun cuando le fueron quitadas las bendiciones, siguió amando a su Redentor. "En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno" (Job 1:22).


Pensemos por un momento en esto. ¿Seguiría Jesús confiando en Dios en esas circunstancias, o se quejaría amargamente contra Él? El amor del Hijo hacia el Padre seguía intacto, era como el que se describe en Cantares 8:7 "Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos". Ni por un momento iba a cuestionar la rectitud moral del Padre. Notemos sus palabras: "Pero tú eres santo, tú que habitas entre las alabanzas de Israel" (Salmo 22:3). Cristo seguiría amando al Padre y alabándole, aunque todo en la vida estuviera en contra suya.


Cuando unas horas antes estaba en el huerto de Getsemaní, oraba a su Padre de este modo: "Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú" (Mateo 26:39). Aunque eso le llevara al sufrimiento más intenso, Jesús estaba dispuesto a hacer la voluntad de su Padre, su amor hacia Él seguía inquebrantable.


Dios es digno de nuestra confianza


¡Qué difícil es seguir confiando en un Dios que permite la aflicción y no nos responde! Nuestros razonamientos humanos nunca nos dejarán comprender los designios de Dios. De alguna manera, Cristo fue eso lo que nos enseñó, que Dios es digno de nuestra confianza. Dios había intervenido de maneras milagrosas a favor de su pueblo en incontables ocasiones. Las historias relativas al éxodo de Egipto, o a la conquista de Canaán, podrían ser mencionadas como ejemplos de muchas otras. Dios siempre ha sido digno de la confianza de su pueblo.


"Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él" (2 Corintios 5:21). Es fundamental subrayar que el desamparo divino que sufrió Cristo no se debió a ningún defecto moral en Él, sino en nosotros. Fueron nuestros pecados los que lo llevaron a quedar bajo la maldición de Dios: "Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)" (Gálatas 3:13).


Fue nuestro pecado que lo alejó del Padre para que nosotros podamos acercarnos. Hubo un intercambio, Él tomó nuestro pecado y nos ha sido dado salvación por gracia, al declararnos justos por su sacrificio perfecto. Sin merecerlo, sin ser dignos, Él quiso rescatarnos.


¿Cómo quedar indiferentes ante semejante demostración de amor? Jesús no se volvió atrás. Nos debe conmover hasta lo más profundo, el hecho de que Dios estuviera dispuesto a sufrir, de tal manera, para salvarnos! ¡Oh, cuán grande amor! ¡Inmerecido e inefable amor!




 
 
 

Comments


bottom of page