El fruto de las aflicciones
- bienaventuradassomos
- 23 mar 2022
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Actualizado: 23 mar 2022

Cuántas veces en enfermedades, pérdidas, problemas económicos o diversas dificultades, nos hemos preguntado: ¿Qué fruto podemos tener de estas situaciones tan difíciles? Solo me provoca dolor, lágrimas e impotencia. ¿A quién puede ser de bendición esto que estoy viviendo? Es natural que no queramos sufrir y que tampoco podamos ver cómo Dios ve, el propósito de nuestras aflicciones.
En el libro de Eclesiastés encontramos repetidamente estas palabras: “Todo es vanidad y aflicción de espíritu”, hablando de todas las obras que suceden en la tierra y nos dice que aun en la alegría y en los momentos agradables, no carecen de este sentimiento.
Jesús mismo nos dijo: “En el mundo tendréis aflicción”. Él sabía que era imposible vivir sin sufrimiento en un mundo tan imperfecto, Él mismo lo padeció. En Isaías 53:3 y 7 dice “Varón de dolores, experimentado en quebranto… Angustiado Él y afligido”. Nada fácil fue para nuestro Señor su estadía en esta tierra, hubo mucho sufrimiento. Hebreos 5:7-8 nos dice: “Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente, Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia”. Qué claridad nos trae esta palabra para poder entender el porqué de las aflicciones. Hay un propósito por el cual somos afligidos. Aun Jesús, siendo Dios, como hombre, a través de lo que padeció, aprendió la obediencia y fue perfeccionado. ¡Cuánto más nosotros, necesitamos ser quebrantados! Somos imperfectos, rebeldes por naturaleza, desobedientes.
David podía decir en el Salmo 119:67 “Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba; mas ahora guardo tu palabra”. El salmista pudo comprender cuánto necesitaba que Dios quitara de su vida toda arrogancia, rebeldía y desobediencia. ¡Qué fruto precioso produjo en él este obrar del Señor! ¿Dónde obtuvo el salmista este entendimiento? Precisamente en las Escrituras, escudriñando sus mandamientos, preceptos y sabios consejos. Ahora atendía y obedecía la Palabra del Señor.
Cuando las aflicciones se tornan en bendición
Cuando comprendemos el beneficio que las aflicciones nos traen, cambia nuestra percepción acerca de ellas. Ya no las vemos como algo dañino que viene a perjudicar nuestra vida, a robarnos el bienestar, sino por el contrario, entendemos que Dios las permite para continuar su buena obra en nosotras; la cual “perfeccionará hasta el día de Jesucristo”. Es en esos momentos que la luz de Dios alumbra nuestro corazón para que podamos ver con claridad qué cosas debemos cambiar. Dios en su amor no nos deja permanecer iguales, Él quiere seguir transformándonos en una nueva criatura, a la imagen de su Hijo.
Como mencionamos, en Hebreos 5:8 nos dice: “Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia”. Todo su padecimiento, lo acercó al Padre en manera absoluta. Una profunda búsqueda y una íntima relación de obediencia y sujeción a Dios el Padre. Largas noches de intenso clamor y lágrimas. Jesús sabía que no habría posibilidad de cumplir el propósito por el cual Dios lo había enviado a esta tierra, sin esa dependencia. ¿Cómo podría dar palabras de amor, esperanza y salvación a almas agonizantes y tan desamparadas como ovejas sin pastor? Sin el poder del Padre no podría salvar, sanar, ni dar consuelo a los necesitados.
De igual manera nosotras, pretender atravesar las aflicciones sin la dependencia del Padre nos sería imposible. Viviríamos amargadas, desesperanzadas, sin ver que hay un final dichoso para aquellos que confían en Dios. ¿Cómo desarrollamos esta confianza? En su presencia. Apartando tiempo para estar a sus pies; en dulce comunión con Él, para conocerlo, recibir sus fuerzas y el poder que necesitamos para seguir avanzando. Nuestros ojos espirituales son abiertos y vemos lo grande y poderoso que es Él. Cambia nuestra percepción de la situación por más difícil y angustiante que sea.
Debemos mirar por fe
2 Corintios 4:18 dice “No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas”. Como seres limitados que somos, nos centramos en lo presente, en lo que vivimos hoy, lo temporal. Y aquí quisiera detenerme; temporal significa: pasajero, momentáneo, transitorio; no es para siempre, tiene un principio y un final. Lo que padeces hoy, un día terminará. Dios no nos deja en un callejón sin salida, siempre tendremos su ayuda. Pero, aun así, Dios nos llama a ver lo eterno. Meditemos en lo que Dios ha preparado para nosotras en la eternidad: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido a corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9).
Hombres y mujeres de Dios se fortalecieron, mirando por la fe, al Invisible y confiando en los planes de bien que tenía para ellos. El presente puede ser abrumador, angustioso y nos hace ver un futuro negro. Nos llenamos de temores, que por lo general, son infundados. Pero mirar por la fe, renovar nuestra mente, nuestros pensamientos con su Palabra, nos ayudará a confiar en que solo “... por la noche durará el lloro y a la mañana vendrá la alegría” (Salmo 30:5). Y que el valle de lágrimas se cambiará en fuente de gozo y alegría. La mujer virtuosa confiaba en la fidelidad de Dios, por eso se reía de lo porvenir. Sabía que Él jamás la dejaría sola por difícil que fuera lo que tuviera que atravesar. Dios ya estaría en ese futuro que ella no podía ver en su presente. ¡Qué preciosa confianza!
“Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra de Dios” (Hebreos 12:2). Hubo un gozo supremo que se le permitió ver a Jesús para menospreciar todo lo que iba a sufrir. Qué importante es cultivar el gozo en medio de nuestras aflicciones, porque el gozo del Señor es nuestra fortaleza. Este gozo nos llevará a no permitir que el desánimo y la tristeza gobiernen nuestro corazón y podremos cantar y alabar al Señor con todo nuestro ser. Cuando estemos cargadas, trabajadas, corramos a sus pies y echemos toda nuestra ansiedad sobre Él. Pidámosle ser llenas de su Espíritu Santo, todo será diferente, aun las tareas diarias serán más livianas y realizadas de manera diferente; con alegría, sabiendo que también es una forma de servicio al Señor.
Jesús vio el fruto de su aflicción
Isaías 53:11-12 nos dice que Jesús: “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores”. ¿Sabes cuál es el fruto de su aflicción que hoy ve Jesús? Tú y yo, libradas de la condenación eterna, salvadas por ese sacrificio que tanto le costó, perdonadas de todos nuestros pecados para vivir para siempre con Él. ¡Qué maravilloso saber que Jesús se dispuso a ir a la cruz pensando en nosotras y que entregó su vida, nadie se la quitó! Hubo en Él una entrega total. Y si la aflicción que padeció nuestro amado Señor produjo tan precioso fruto, también la nuestra tendrá fruto si nos sometemos, como Jesús, a la voluntad del Padre. Dios no disfruta vernos sufrir, pero sí usa nuestras aflicciones para continuar su obra santificadora y perfeccionar nuestra fe.
Leamos atentamente: “Pero hay más, podemos sentirnos felices aun cuando tenemos sufrimientos porque los sufrimientos nos enseñan a ser pacientes. Si tenemos paciencia, nuestro carácter se fortalece y con un carácter así, nuestra esperanza aumenta. Esa esperanza no nos va a fallar porque Dios nos dio el Espíritu Santo, quien ha derramado el amor de Dios en nosotros” (Romanos 5:3-5 PDT). Las aflicciones tienen un propósito, forman en nosotras el carácter de Cristo. Crece en nosotras ese carácter apacible y afable que Dios tanto aprecia. Seremos más sensibles al dolor de los demás, no tendremos un corazón endurecido. Sabremos consolar como hemos sido consoladas por Dios.
Mira la recompensa que el Padre le dio a Jesús por todo su sufrimiento, por su vida de obediencia y sujeción: “Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:8-11). Jesús siendo Dios, se humilló, se puso lo más bajo posible. Su vida es el ejemplo supremo y más excelente que podemos ver y debemos procurar imitar, si un día queremos estar con ÉL por toda la eternidad. No nos resistamos a las aflicciones, dejemos a Dios obrar. Cuando ellas pasen y conforme nos hayamos sometido a Dios, veremos preciosos frutos en nosotras.
“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará, y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto” (Juan 15:1-2). Es la obra del Padre la que se lleva a cabo en nuestras vidas, démosle gracias porque en su gran amor no nos deja sin fruto. Él nos limpia y prepara para que seamos mujeres con abundante fruto para su Reino.
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